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Final de La Venus de las Pieles, de Sacher Masoch

El poder de la mujer reside en la pasión del varón y, si éste no se anda con cuidado, ella sabe aprovecharse. Al varón no le queda otra opción que ser tirano o esclavo. En cuanto se entretenga, ya tiene la cabeza uncida al yugo y sentirá el látigo.
– ¡Qué máximas tan raras!
– No son máximas, son experiencias – replicó Severin bajando la cabeza -, yo he sido azotado en serio con el látigo. Me he curado. ¿Quieres saber cómo?
Se levantó y sacó de su imponente escritorio un pequeño manuscrito que dejó sobre la mesa ante mis ojos.
– Antes me preguntaste por aquel cuadro. Hace tiempo que te debo una explicación. ¡Toma… y lee!
***
Severin se sentó junto a la chimenea, dándome la espalda; parecía estar soñando con los ojos abiertos. Nuevamente se había hecho el silencio y nuevamente cantaba el fuego en la chimenea, cantaba el samovar encima de la mesa y cantaba el grillo en las viejas paredes. Abrí el manuscrito y leí:
CONFESIONES DE UN HIPERSENSUAL
En su margen estaban escritos los conocidos versos del Fausto, con una pequeña variación:
Ah, tú, sensual galán hipersensual,
Te maneja una hembra como quiere.
Mefistófeles.
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